Noche ochentera para soltarse el tupé

Jueves, 16 de agosto de 2007

Miles de motrileños recordaron los días felices de 'la movida' junto a Loquillo y Danza Invisible El público acogió enfervorecido el baile de las primeras hombreras que pisaban Motril en 15 años

La década de los ochenta aún no ha terminado y, al parecer, queda cuerda para rato. Más de tres mil personas recordaron, este martes, las lejanas noches de rock de la feria motrileña dejándose arrastrar por un auténtico torrente de sonido y luz, pero sin apenas nostalgia; pues allí nadie dio por perdida una época, sino por recuperado un estilo, unas formas y una manera de sentir a la que le queda mucha vida por delante. Los ochenta acaban de comenzar...

Tanto que cuando el vocalista y alma mater de los Danza Invisible, Javier Ojeda, saltó al escenario pareció que no habían pasado veinte años desde los últimos números uno de los veranos de noches largas en los chiringuitos motrileños (época de La Luna, Coconuts...); es más, su aspecto de eterno y serio adolescente, aderezado con una desaliñada americana y un incensante y nervioso movimiento de manos, piernas y caderas sirvieron para que el malagueño -al que desde el público alguien gritó amistosamente ¿boquerón!- se metiese a la peña en el bolsillo y juntos coreasen las más emblemáticas canciones que acompañaron a muchos buenos momentos de un pasado reciente.

'El brillo de una canción' abrió el concierto de los Danza, seguido de 'Naturaleza Muerta' para entrar pronto al trapo y calentar la caseta municipal -hasta casi el paroxismo- con 'Catalina'. Cuando Ojeda enfiló la recta final del repertorio cantando y gritando «¿A sudar... a sudar!», miles de brazos se agitaron en la enorme explanada de la municipal y el sudor subió muchos grados en los cuerpos a pesar de estar al aire libre.

En ese momento, Antonio -un conocido disc-jockey motrileño durante toda la década de los noventa- servía chupitos de tequila a menos de un metro del escenario, con limón y sal incluida, para contrarrestar la dulzura del 'Sabor de amor' que arrancó las primeras lágrimas de emoción en el respetable.

Muchos cuarenta y tantos entre la multitud, y muchos de ellos acompañados de hijos ya adolescentes que miraban un tanto incrédulos a sus padres. Con 'El Club del Alcohol' y un vocalista ya despojado de chaqueta, vestido de riguroso negro y rodando por el suelo para gozo y griterío de los entregados seguidores, se dijo adiós a un rápido viaje por la época dorada del pop y de los sueños locos.

Llegó en Cadillac

Pero la cosa no había hecho más que empezar. Tantas ganas de Loquillo tenían los muchos cientos de incondicionales motrileños (y gente venida de toda la Costa) que incluso gritaron y piropearon a los encargados de ultimar los detalles del montaje que acompañó al artista. Tanto y tanto que cuando la enorme silueta -coronada por el esculpido tupé y las primeras hombreras que se dejan ver por aquí desde hace quince años- asomó al escenario, cundió el delirio y un griterío formidable coreó: «¿Loquillo, Loquillo!». Tan sólo eso fue suficiente para que el artista, quien según algunos esa noche no estaba de buen humor y pidió que su concierto comenzara algo antes de lo previsto, se dejase llevar y diese una lección de arte y ensayo y dejase claro que su estilo no es minoritario, como decía su balada, sino una prenda de vestir que miles de personas llevan aún por todo el país.

Seguro que en ninguna otra parte se le gritó como aquí pues las frases eran de antología: desde «¿bájate y ven 'pacá'!», hasta «¿libertad!», pasando por el consabido «¿queremos un hijo tuyo!» que, en pleno arrebato emocional, gritaron hasta ellos.

Fue la noche en la que el rock triunfó, noche de brazos levantados manos abiertas o dedos señalando al protagonista absoluto; el público se entregó y se identificó tanto que las historias se vivían en cada uno de los seguidores: «cuando fuimos los mejores, y la vida nos separaba...».

Loquillo dio un extenso repaso a lo más reciente de su discografía mientras la gente agotaba la batería de los móviles haciendo fotos.

Repaso a las canciones

A su lado, Eva intentaba mantener el espacio conseguido al pie de escenario, a base de larga espera, y más de una semana de preparativo mental para ponerse al día con años y años de fructífera producción musical... ¿Quiero una foto contigo para ponerla en el nicho el día que me muera!: Así estaba el panorama, fuera de control. Cuando el rockero plantaba pose pensativa, cigarro en mano, no se le resistía ni el micrófono que se partió en dos en plena actuación para delirio de sus fans. «Tu padre no lo dice, pero me mira mal», ahí comenzó el repaso a sus temas de siempre, recordándonos que tiene una banda de rock, que un rock le conquistó el corazón y que el cadillac era el coche con el que esa noche soñaría una generación entera.

Fuente ideal.es